Saturday, July 19, 2008

Saltos Cuánticos



Mi nombre no me gusta. Debo confesarlo. Y no me he podido acostumbrar a el en estos veintinueve años. De repente cuando oigo mi nombre, me tardo segundos en reaccionar. A veces el “oiga usted” se me hacen tan familiar que inmediato contesto.

Escribo a unas cuantas horas de llegar al kilómetro treinta de mi vida. Si la vida fuera un maratón y los años fueran kilómetros (42.5), según las estadísticas de vida en mi país, únicamente y a lo mucho aguantaría dos. Pero es demasiado tarde para pensar en dos, si apenas tengo tiempo para uno.

Mi nombre es …, bueno, no importa. Los nombres son etiquetas al cuerpo. Etiquetas a mi, tengo varias asi que los nombres salen sobrando.

Nací un sábado de hace casi treinta años. Los sábados no son un buen día para nacer pues si Dios trabajase la semana inglesa, entonces me pregunto … ¿quien me dio el soplo divino? Cuando nacemos duramos segundos sin respirar, de ahí la tradicional nalgada para forzar al niño a sentir dolor y tener que gritar, forzarlo a que respire. Las teorías mas conservadoras, dicen que en ese momento de falta de aire, Dios o quien lo supla los sábados, se acerca de ti y exhala. Y si estás leyendo esto, es por que tanto tu como yo nos aferramos a esa exhalación. La inhalamos y lo primero que hicimos fue gritar y empezar a llorar. Yo grité y lloré justo como hoy lo hago a solas a mis casi treinta. ¿Augurio de lo que serian estos veintinueve años de vida? No lo sé, pero grité tan fuerte, que mi madre volteó a verme y me abrazó. Tan fuerte como lo hace hoy a la distancia, pues los kilómetros nos separan pero el que inventó la distancia, también inventó la solución … el deseo.

El deseo cotidiano de un día volver a estar en el barrio donde crecí, de ver todos los días a mi madre, de tocar todos los días la puerta de esa vieja finca marcada con el número doscientos catorce, de caminar esas calles empedradas, de voltear a la casa de enfrente y buscar el saludo de la anciana vecina, de volver a oler la lluvia de julio en el adoquín de esa vieja calle.

En esta obra de mi vida, en la que suelo ser el único protagonista de ella, he jugado todos los papeles y roles. He sido desde el ladronzuelo descubierto, el mayordomo, el detective que todo descubre, el hijo pródigo (ese que un día se fue con el arrepentimiento y el dolor a cuestas y volvió con un perdón que pesaba el doble, a cuestas), el hermano cómodo e incómodo, el cantante frustrado, el escritor de ocasión, el boxeador venido a menos, el intelectual con aires de grandeza, el amigo que un día reaparece para volver a irse, el amante de ocasión, el abogado del diablo, el diablo de los abogados, el soñador ingenuo, el policía despistado que de chiripa le atina, el galán otoñal, el enamoradizo a primera vista, y a la segunda y a la tercera pues mientras mas veo esa silueta que hoy ví, más me enamoro, el solitario que deambula los bares, el extra en las escenas de la obra de los demás, el que a veces se pasa los rojos, el que anuncia el periódico de su vida en cada esquina, el cocinero frustrado, el fotógrafo que a veces le salen bien las fotos.

En esta obra de vida, suelo aparecer en ocasiones y mi diálogo no convence. Suelo reaparecer y mi diálogo conmueve. A veces me llevo bullas y a veces ovaciones.

Desde hace algunos antieres, ayeres, y hoy, he estado pasando la famosa crisis de los treintas. Yo pensé que todos esos días pasados habían sido un ensayo de crisis, pero hoy me doy cuenta que han sido la crisis misma. Me agarró sin valor, aletargado, pensativo, sin defensas, sin avisar, golpe avisa decían en el viejo barrio.

En unos días cumpliré treinta y la verdad, no quiero cumplirlos. No tengo nada que festejar. No tengo hijos ni esposa, no tengo un BMW a la puerta ni una puerta propia. Amigos tengo muchos y los muchos que tengo no se cansan de reclamarme que poco los veo. No es por voluntad propia esa desatención, es por que hay algo que no muchos saben. No tengo un negocio propio, ni perro que me ladre. Vivo rentando, aún no poseo un título de propiedad en la tierra. Mientras algunos se jactan de tener todo antes de los treinta, yo me consuelo pensando que a partir de los treinta lo tendré.

He conocido todos los infiernos de Dante. Mi vida no ha sido una comedia divina. Quizás un día lo sea, cuando miré hacia atrás y piense que todo valió la pena por algo. Que estos casi treinta, eran la cuota que tenía que pagar por otros treinta más mejores.

Sé que la “crisis de los treinta” es quizás un cliché, una moda, un pretexto para justificar un poco de meditación de nuestras vidas. Yo he tenido tantas crisis que fácil han sido más de treinta. Pero sigo de pie, a veces casi de cuclillas, y otras mas he tocado el suelo. Pero hoy sigo aquí.

Cuando tenía seis años y mi abuelo materno convalecía en el hospital, deseé ser mayor de edad para poder visitarlo, pues no dejaban entrar a niños. Mi abuelo murió y no pude verlo. Hoy que amenazo rebasar los treinta, quisiera volver a tener seis.

Creo que esta obra de vida o vida de obra, es como los saltos cuánticos. Llegamos a esta vida para hacer algo por los demás o por nosotros mismos, no sabemos que es, pero cuando lo hacemos entonces, brincamos cuánticamente a otra vida, y el juego se repite adivinar por que hemos venido.

No he descubierto aún cual es mi misión en esta vida o si vine a esta para hacer brincar a alguien, pero prometo algo. Que si un día brinco o si un día todo resetea desde cero no olvidaré los rostros de esta y en la otra, prometo decir un: QUE GUSTO DE VOLVERTE A VER.

Y hoy me intento convencer que si Dios no trabajó un sábado lluvioso de julio del setenta y ocho, creo era por que sabía que tendría una vida larga por atender y necesitaba descansar.

VM