Tacsi

Escribo desde un aeropuerto de una ciudad que he decidido adoptar como casa. Mi anterior casa me trae melancolías, dolores de hace tiempo, sin sabores que aún no logro pasar de largo por mi boca, soledades que aun el tiempo no logra extinguir. Por eso y más decidí mudarme.
Bebiendo un expreso doble sin cortar, veo el monitor y anuncia que mi vuelo viene demorado. Que mas da, si nadie vino a despedirme, nadie vino a decirme un vuelve pronto, un te espero con los brazos abiertos, o un no te vayas con los brazos cerrados.
Observo a mi alrededor y veo tanta felicidad de reencuentros en el área de llegadas, veo tanta tristeza en el área de salidas, Y yo aquí, en el limbo de ambas, concluyendo que la diferencia entre el hola y un adios son escasos treinta metros.
Deambulo por entre los pasillos del aeropuerto y observo a la gente. Me gusta observar a la gente, imaginar el motivo de su viaje, imaginar el por que estar en un aeropuerto un domingo por la tarde. Y mientras mas avanzo, más solo me siento. Compro un par de revistas que ni leeré, solo quiero dormir en el vuelo, olvidando las conclusiones que una tarde de domingo arribé.
El avión llega y después de la rutina casi teatral que me sé ya de memoria que actúan las azafatas, imagino lo aburrido que debe ser su trabajo, repitiendo todos los vuelos las mismas frases de salvamento. Y pienso que si el avión se cae, durante la caída, lo último que me acordaré es de donde saldrán las mascarillas de oxígeno. Durante la caída, seguramente tendré un flashback, recordando lo que mi vida fue y lo que pudo ser. De nada servirá el oxígeno, ni el chaleco flotador. Si el golpe y el ahoga ya han sido letales.
El avión despega, puse un poco de tango en el ipod y mis ojos se cierran casi en complicidad. El pasajero a mi lado se persigna. Yo no lo hago. Al cabo, si el se salva, las probabilidades de que me salve son casi iguales a las de el. Dios sería injusto por escoger en salvar al pasajero del pasillo y al de la ventanilla no.
Después de dos horas abro los ojos ante un rechinar de llantas de aterrizaje. Si hay algo que me asusta de volar, son los aterrizajes. Me asusta pisar una tierra ajena, pero más me asusta la idea de que no habrá nadie esperándome con una pancarta o con un abrazo a brazos abiertos.
Tomo mi maleta del circuito de maletas y avanzo lentamente entre la gente. No llevo prisa, mientras todos corren a mi alrededor pues ya han oído su nombre en la línea que separa el área de espera de pasajeros.
En eso, salgo, y veo a alguien con los brazos abiertos. Me acerco y abrazo. Con el susto en la mirada, me dice: Y TU QUIEN ERES? POR QUE ME ABRAZAS?
Y yo respondo: NADIE, SOLO TENIA GANAS DE UN ABRAZO.
Continuo avanzando hasta la salida de la terminal y grito TACSI (al cabo se oye igual que taxi).
Me subo al tacsi, y el chofer me pregunta, NADIE VINO POR USTED? Y yo respondo: No, pero alguien se quedó pensando en mí por un buen rato.
VM


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