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Noche rara, el cielo llora (llueve), yo fingo no verlo (yo pegado a la ventana) y recuerdo mi infancia.
Cuando era niño y llovía en Zacatecas, mi madre ponía su silla junto a la ventana y yo me sentaba en sus piernas. Me gustaba ver la lluvia, mi madre me decía que las gotas al caer parecían un ejército de soldaditos formados, disparando sus rifles. Y yo reía, la abrazaba, y eramos felices por un rato. Un rato que no se ha repetido ya en tanto tiempo.
Desde entonces me declaré amante de las tardes lluviosas, me gustaba contar las gotas, y eso que no sabía contar más allá de treinta. Al llegar a treinta, empezaba la cuenta desde cero. Yo tenía seis años, y no veintinueve como ahora. Será que me da miedo llegar a los treinta? Quizás.
Faltan un tercio de meses para llegar a los treinta, y la verdad, no quiero llegar. Prefiero quedarme en veintinueve. He olvido que hay más allá de veintinueve. El treinta no existe para mí. Nunca lo ha existido. Cuando llegue a 29.99, no sabré que decir, y buscaré los brazos de mi madre, y decirle, que sigue? Y sé que me dirá, sigue que sigas, no pares.
Y yo, en palabras que escaparán en murmullos de mi boca, diré t...r ...e...i...n...t...a.
Y luego que sigue? Y espero oír, sigues tu, vivir tu vida, la vida después de los treinta no olvidándote de cuando tenías seis.


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