Puerta Roja

Aún recuerdo tu mirada. Yo sentado al pie de la cama, acariciando tus pies, una y otra vez.
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Te decía: Estoy aquí, contigo, como lo prometí desde el primer golpe. ¿Recuerdas? Esa primera vez que la lluvia no pensada de abril, el tráfico, una fila interminable para comprar café y un golpe sin querer me hicieron darme cuenta que estabas ahí.
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Yo volteé y dije: Disculpa, no te ví.
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Y tu dijiste: Si me viste y lo hiciste a propósito.
Cerré los ojos y sonreí.
Al abrirlos me dijiste tu nombre. Tu aliento con olor a esperanza. A esperanza que habían valido la pena estos veintinueve años de estarte buscando.
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Y solo dije: Te habías tardado en aparecer.
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Y dijiste: El tardado eras tu.
Ahí comenzó todo.
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Esa maldita noche de agosto tu respiración era lenta. Yo procuraba no respirar para no robarte el aire que nos rodeaba.
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Tu dijiste: Quien eres?
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Yo dije: Soy yo, el tardado.
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Tu reviraste: Como te llamas? No puedo verte. El cuerpo me pesa. No siento mi sentir, no soy yo.
En eso te ví sonreír, pero no mirabas al pie de la cama de hospital, perfumada con olor a medicinas. Sonreías al lado derecho de la cama que te reposaba.
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Yo solo dije: Estoy acá, al pie de la cama.
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Tu respondiste: Hola, gracias por venir. Sin voltear a verme. Con tu mirada clavada al lado derecho de tu cama. Y dijiste: 8.51? Puerta roja?
Sonreíste, estiraste la mano derecha. Apretaste el puño. Y cerraste los ojos.
Yo cerré los ojos, y pensé: 8.51? Puerta roja? No entendí.
El pitido se hizo ensordecedor. Maldito aparato como aturdes. Una línea verde infinita, horizontal, se dibujó en la pantalla negra. En eso, entraron dos enfermeras, me apartaron del pie de la cama. Y cerraron tus ojos. Yo conmovido, esperé al margen de la ventana. Te fuiste feliz, sonriente
Pero una pregunta me invadió sin respuesta: A quien viste a tu derecha? 8.51? Puerta roja?
Han pasado cuatro años. Y no logro encontrar respuesta.
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Hoy el día fue agobiante. Desperté sin hambre a las seis de la mañana. Hasta el café me supo amargo. Debo confesártelo. La vida me ha sabido tan amarga desde que no estas.
Me puse la corbata que tanto odiabas a rayas azules. Con una camisa que no combinaba. no me importa quedar bien con nada, ni con nadie, ni con la moda. Solo me visto por no verme desnudo. Cuando escribo esto, pienso en Job, ese que algún día dijo: Desnudo vine a este mundo... desnudo me iré.
Creo que Job no tenía pudor ni moral. Se adelantó a nuestro tiempo. Yo aún en día, guardo un poco de ambas, y aun así, siento verguenza de mí, de mi cuerpo. Y me visto. La desnudez sabe mejor a cuatro paredes, ... y a oscuras.
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He tomado mucho alcohol esta noche de viernes. Se justifica si alego en mi defensa que trabajo de lunes a viernes, a deshoras. Que vivo bajo el stress y las presiones ajenas. El techo me da vueltas. Por que bebo? Por que así olvido que no estás, por que así olvido que no estoy, por que así olvido que no estamos. Pienso tanto en mi soledad y no le encuentro motivo ni razón. Si yo sé que estás ahí. Donde? No lo sé, estás ahí, solo eso me basta pensar. Llego a casa y no te encuentro. Salgo de casa al día siguiente, y no te encuentro en el resto del día. Entonces el día vale menos que cuando estabas tu conmigo. Bebo para escapar de tu ausencia, y mientras más perdido estoy, desearía abrieras esta puierta y me abrazaras y me dijeras que siempre has estado aquí, oyendo mis ronquidos, cubriéndote mi cuerpo en noches de frío.
Sin embargo, no estás. El cielo me da tumbos. La cama se convierte en la cama voladora. Y yo me convierto en un pasajero sin boleto, dando vueltas y esperando que en una de esas, asirme de tus manos y sostenerme de ellas.
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Maldita resaca. Me levanto desnudo y con tremendo dolor de cabeza. Tambaleo aún entre la puerta y el comedor. Me baño a agua fría. Quisiera solo sentir un abrazo. Que me ate al centro de la tierra. Que pare este mundo que gira y que gira y que parece no parar. Me bebo un expresso y pienso, que el expresso me sabía tan dulce cuando tu me lo servías. Abro el periódico y empiezo a leer la guerra, las transas, los asesinatos, las promesas incumplidas y veo un anuncio que llama mi atención...
"CLUB DE AMISTADES. Reuniones de lunes a jueves, de 7 a 9 pm, tocar en la puerta roja del número 23 de la calle de Romeros".
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Lunes 8.35 pm. Después de dar tres vueltas por la cuadra y fingir que busco otro lugar, toco la puerta roja.
Se abre.
Preguntan: Como te llamas?
Respondo: Mi nombre importa? Llámame Mateo.
Y oigo: Adelante Mateo.
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Lunes 8.39 pm. PiensO que demonios estoy haciendo aquí. Donde está la barra? Habrá barra libre?
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Lunes 8.51. En eso Mateo, o sea yo, siento una mano sobre mi hombro, justo a las 8.42 pm. Volteo y me dicen, no me dicen nada. Observo la mirada y siento un escalofrío. Y digo: Esa mirada la conozco.
Y me dice: Esta mirada la conoces.
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Sentí escalofríos más profundos. Toque tu rostro distinto, tu aliento con olor a café. Extendí la palma de mi mano y tu la tuya. Las tocamos. Y reconocí las líneas que definieron tu vida... tu otra vida.
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Lentamente dije: Eres tu?
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Lentamente dijiste: Soy yo.
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Que haces aquí? En este cuerpo nuevo. Eras diferente, pero aún así te reconozco.
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Y dijiste: Vine a decirte adios.
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Yo dije: Cuando estuve a tus pies, ni a voltear me miraste. Miraste a otro lado, al lado derecho.
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Contestaste: Es que sentí un golpe, como aquel que sin querer me diste a mi derecha. Y pensé eras tú. Pero no eras tu, era tu alma que me susurró al oído derecho, que nos encontraríamos aquí, a las 8.51 pm de un día como hoy, solo para decirnos adios.
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Te abrazé y te dije: Sin ti la vida no ha sido vida, ni lo será.
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Yo parado a tu derecha.
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Y tu dijiste: Lo sé, por eso estoy aquí para decirte, que aunque no te pude ver cuando estaba reposando en cama, sabía que eras tú.


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